31.8.26

Rezar

 Al santo al que mis papás le rezan se acostumbra dejarle flores blancas. Mi papá reza en la madrugada y después se vuelve a dormir. Mi mamá reza antes de acostarse, junto a su gata, que ella dice que también reza. Repiten oraciones que se saben de memoria o que leen de libros o hojas donde las copiaron a mano. En todas, todos los días, estamos mis hermanos y yo. Ellos rezan para que nos vaya bien. 

Me cuesta rezar. Pero hago estos dibujos como una ofrenda, como una oración. Es mi forma de rezar para que ellos también estén bien. Igual le pongo flores al santo, igual le hablo y a veces, muy clarito, me contesta. 

30.8.26

La Gracia



En la meditación final de una clase de yoga, hace unos días, vi un ojo de burro enorme en el techo del salón. No era un ojo de verdad, desde luego, era una lámpara redonda, negra y brillante que sentí que me miraba con ternura detrás de unas pestañas largas. Ese día el trance —al que a veces llego en esas meditaciones— logró que la cabeza del burro saliera del techo y que, frente a frente, del cielo a la tierra, nos miráramos un rato mientras yo estiraba y recogía mi cuerpo. Fue bonito.

Al otro día, por casualidad, me topé con un artículo con un título muy sugerente: "Claves zambranianas para una vida significativa". Aludía a María Zambrano, la gran filósofa española que, sin duda, ha sido mi mejor descubrimiento en lo que va de mi vida en Madrid. El texto cuenta una serie de pruebas que, para María, debía superar quien quisiera convertirse en un estudiante de filosofía: "hay algunas sorprendentes, como cuando pide que haya recibido alguna vez la mirada de una vaca, de un asno, de un perro, y la de algún pájaro".

A mí me miró un burro y, sin que yo fuera del todo consciente, me postuló a filósofa. Qué honor.

El gesto de mirar con asombro el mundo, especialmente a los animales y a la naturaleza, es para María la forma de cultivar el alma. Cuando aprendemos a escuchar el ritmo pausado y abierto de la realidad que no creamos los humanos, aprendemos a medir el tiempo de otra forma: sin relojes ni calendarios y sin los amargos límites sociales de "ya estás vieja para esto o aquello". Asombrarnos ante la vida, atender a los signos que el presente manifiesta, es encontrar la Gracia, dice María.

¿Y qué es la Gracia? Es poner agua fresca a las aves que están cerca de nuestra casa, es la frase de un libro que te hace levantar la vista, es ir por la calle y notar cómo vuelan las hojas secas de los árboles, es ver a un gato acicalarse, a un perro correr en el parque, es querer sin miedo, es el olor a tierra mojada en un día de lluvia, es entrar en trance al final de una clase de yoga.


26.2.26

Noche de domingo




"Un nuevo pasatiempo posdivorcio: tomo un libro del librero, cualquier libro escrito por una mujer —no de la colección Hereditas, que no tiene a ninguna salvo a Safo—, y después de leer algunos párrafos, si me gustan, consulto la página de Wikipedia de la autora. Algunas están vivas, otras son atemporales, todas son mayores que yo: Susan Howe, Audre Lorde, Alice Oswald, Marguerite Duras, María Zambrano. En sus biografías de Wikipedia, bajo directo a la sección que habla de sus matrimonios y relaciones amorosas. La mayoría tuvo más de un matrimonio o relación larga. Estadísticamente, tres relaciones es la media. La primera casi siempre fue atormentada y breve, aunque no siempre lo suficientemente breve. La mayoría de ellas encontró formas más hondas, más plenas del amor en sus segundas o terceras vueltas, más tarde en la vida, más entradas en la madurez. Leer sus estadísticas amorosas me llena de alivio, por ellas y por mí. Y pienso que esto, ahora, con el turista, querer lo que no está ahí, desear lo que no hay, encender el deseo con la ausencia, eso no puede llamarse amor, eso debe llamarse otra cosa: carne, círculo, polvo, tiempo, noche de domingo".

Es un fragmento de Principio, medio, fin de Valeria Luiselli.

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Este hallazgo no es mío, es de mi amigo Esteban que supo elegirlo para cerrar la conversación que tuvimos después de ir al teatro. Una conversación existencial como las que solemos tener. Esa noche vimos una adaptación de Insolación (1911) de Emilia Pardo Bazan. En la obra se daban distintas definiciones de qué es estar enamorada —que no están en la obra original sino que se sumaron en la adaptación—, una de ellas me gustó mucho: 

—"Sabes que estas enamorada porque todo lo demás te aburre".

23.11.25

Con una flor amarilla, un cuento de Laidy Fernández de Juan


Una de las grandes cuentistas cubanas de las últimas décadas es Laidy Fernández de Juan, una escritora de cuna -con papá poeta y mamá ensayista-, que para revelarse a su destino literario o por pura practicidad se hizo médica. Mientras atendió pacientes en Kenia, fue madre y sorteó la vida en la isla -porque decidió volver y quedarse-, escribió una novela y participó en más de quince antologías de cuento. 

Con una flor amarilla habla de las expectativas en el amor, de una historia inesperada que empieza rápido y que hace explotar estrellas en mitad del pecho. Un amor que promete redención, pero al que, como parece ser todo en el amor, toca darle tiempo para descubrir qué es. 

La lectora es Dari (@darianar.barral), una cubana que se fue y vuelve de vacaciones, que llora escuchando a Silvio Rodríguez, que todavía mira con extrañeza la incapacidad de los colombianos de decir las cosas de frente y que es mi gran amiga. 

El cuento completo se puede oír aquí >>


16.10.25

En este momento

Ahora vivo en Madrid. En este momento estoy sentada en un salón, escuchando una clase sobre literatura moderna. Y aquí pienso en las casualidades, en cómo cambia la vida de repente y en este poema de Walt Whitman que, hoy,  me hace sonreír: 

“En este momento, sentado a solas, anhelante y pensativo.
Me parece que en otras tierras hay otros hombres también anhelantes y pensativos. 
Me parece que puedo mirar más lejos aún y divisarlos en Germania, Italia, Francia, España.
Y lejos, más todavía, en China, o en Rusia, o en Japón, hablando otros dialectos. 
Y pienso que si me fuera posible conocer a estos hombres con ellos me uniría, tal como lo hago con los hombres de mi propia tierra.
¡Oh! Yo comprendo que nos convertiríamos en hermanos y amantes. 
Yo sé que llegaría a ser feliz con ellos”.



26.5.25

Esta mujer linda que me alumbra





🔥La lámpara está inspirada en mi bisabuela, María.

Esta cerámica nació en los talleres de @eliblue.ceramica. El entusiasmo por el crochet y la excursión de lanas fue gracias a Irene. El electricista, mi papá.

11.2.25

Conversar con el pasado

En la última edición del Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República se publicó una reseña de Las cosas que ya no están, mi novela gráfica. La escribió Diana Gil, con quien antes ya había conversado en esta entrevista que publicó hace un par de años la revista Blast. 

Diana tituló su reseña "Conversar con el pasado" y dijo cosas tan bellas sobre mi trabajo como estas:

"Más que una historia aristotélica –con el arco triádico de inicio, nudo y desenlace–, este cómic es un poema porque se enfrenta a la exigencia de representar los sentimientos. La dibujante quiere darles una forma, un color y una textura; medita y camina en torno a ellos. ¿De qué color es la nostalgia? ¿Cuál es la forma de la tristeza? ¿Cómo se dibuja la ausencia? Tatee sugiere las respuestas en su ópera prima. Al igual que Idea Vilariño, ella lo hace en silencio, asumiendo la vida".

El texto completo se puede leer en línea, gratuitamente, aquí >>



4.11.24

Antonio, Elvira y Gabi



Ramona fue una gata criolla pequeñita de pelo gris con blanco. La encontré a unas tres cuadras de la casa de mis papás –que entonces era mi casa-, en la calle, solita, maullándole a la gente. La alcé y la llevé conmigo. Nunca más se fue. Vivió con nosotros 14 años, la quisimos mucho y ella a nosotros también. Siempre la llamamos “Ramita”.

Ramona llegó embarazada y tuvo tres gaticas: Eleonora, Frida y Bety. Eleonora y Frida se fueron a otras casas; aún sé de Frida, de Eleonora solo sé que se mudó a Boyacá con su dueña hace muchos años. Desde que nació, Bety fue arisca y muy apegada a su mamá y por eso no se fue nunca. Vivió 8 años con nosotros. Tenía una personalidad muy particular, muy libre, muy inteligente, amorosa a su manera.

A ambas mi mamá las enterró en el jardín de la casa. A cada una en una cajita de cartón, envueltas en una tela. Sobre la tumba de Bety, que murió primero, mi mamá sembró una papayuelo, y junto a ella cinco años después enterró a Ramita.

Hoy la mata ya es árbol y da frutos, cada tanto mi mamá me prepara dulce de papayuela o cocina la fruta en tiritas par que se las ponga a las infusiones… Ramita y Bety se volvieron un árbol y ahora viven en el jardín. Me gusta pensar que esta es otra prueba de la metamorfosis del amor. 

8.6.24

Territorio 9

Javier Alonso Fernández me entrevistó para Terrirorio 9, el programa de cómics de Radio 3 en RTVE.
Se puede  escucha aquí: