En la meditación final de una clase de yoga, hace unos días, vi un ojo de burro enorme en el techo del salón. No era un ojo de verdad, desde luego, era una lámpara redonda, negra y brillante que sentí que me miraba con ternura detrás de unas pestañas largas. Ese día el trance —al que a veces llego en esas meditaciones— logró que la cabeza del burro saliera del techo y que, frente a frente, del cielo a la tierra, nos miráramos un rato mientras yo estiraba y recogía mi cuerpo. Fue bonito.
Al otro día, por casualidad, me topé con un artículo con un título muy sugerente: "Claves zambranianas para una vida significativa". Aludía a María Zambrano, la gran filósofa española que, sin duda, ha sido mi mejor descubrimiento en lo que va de mi vida en Madrid. El texto cuenta una serie de pruebas que, para María, debía superar quien quisiera convertirse en un estudiante de filosofía: "hay algunas sorprendentes, como cuando pide que haya recibido alguna vez la mirada de una vaca, de un asno, de un perro, y la de algún pájaro".
A mí me miró un burro y, sin que yo fuera del todo consciente, me postuló a filósofa. Qué honor.
El gesto de mirar con asombro el mundo, especialmente a los animales y a la naturaleza, es para María la forma de cultivar el alma. Cuando aprendemos a escuchar el ritmo pausado y abierto de la realidad que no creamos los humanos, aprendemos a medir el tiempo de otra forma: sin relojes ni calendarios y sin los amargos límites sociales de "ya estás vieja para esto o aquello". Asombrarnos ante la vida, atender a los signos que el presente manifiesta, es encontrar la Gracia, dice María.
¿Y qué es la Gracia? Es poner agua fresca a las aves que están cerca de nuestra casa, es la frase de un libro que te hace levantar la vista, es ir por la calle y notar cómo vuelan las hojas secas de los árboles, es ver a un gato acicalarse, a un perro correr en el parque, es querer sin miedo, es el olor a tierra mojada en un día de lluvia, es entrar en trance al final de una clase de yoga.