23.9.26

Mirar estrellas



Luz Helena y Nicolás me invitaron a pasar unos días en su casa de Tejerina, un pueblo de pastores con no más de cien casas en mitad de las montañas de León, en España. Unas montañas hermosas, a unos agradables 20° que sacaron de mí, por un tiempo, el calor agobiante de Madrid. Fueron días en calma y de mucha contemplación, con mañanas frescas, tardes de lluvia y noches tan silenciosas como despejadas.

Una de esas noches nos sentamos los tres en el jardín a ver las estrellas. Esperábamos ver una fugaz. Cada uno con un deseo listo para que la estrella hiciera realidad. Al final, en algo más de una hora de espera, vimos una. La vimos pasar los tres, por lo que no tengo duda que fue real. Después esperamos durante una hora más para ver otra. Pero esa nunca pasó.

Yo tenía dos deseos listos. El primero más urgente que el segundo, pero ambos eran (o son) deseos de verdad. La estrella fugaz que vimos aseguró el primero. Esa promesa del universo calmó mi angustia y me dio paz. El segundo deseo era, más bien, para disfrutarse a largo plazo. Ese se quedó sin estrella.

Con el tiempo —y con terapia— he caído en cuenta de una creencia que tengo muy arraigada: la de no poder recibir dos cosas buenas al mismo tiempo. O es una cosa o es la otra, pero nunca dos, o tres o cuatro. Una restricción ya no tan inconsciente, pero sí muy instalada, que mutó hasta hacerme creer que recibir una segunda cosa buena hará que pierda la que ya tengo.

Estoy harta de esos pensamientos. Este dibujo tiene la función de conjurarlos.

Decidí que la estrella que faltó esa noche aparezca aquí y sea un buen augurio para la realización del segundo deseo. Como es mi juego oracular, pues yo me invento las reglas y yo interpreto los significados. El deseo, dice mi estrella, necesita de mis acciones para materializarse: imaginar y crear. O, como me repite Susi en terapia, debo hacerme responsable de eso que tanto quiero.

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