Mi papá reza en la madrugada, porque duerme en dos tandas: la primera, de 10:00 p. m. a 3:00 a. m., que es cuando se levanta y reza; la segunda, de 3:30a. m. —más o menos— a 8:00 a. m.; también hace siesta después del almuerzo. Mi mamá, que duerme de chorro y profundamente toda la noche, reza antes de acostarse acompañada por los gatos, que duermen junto a ella y que, dice, también rezan.
Cada uno tiene su propio altar, ambos dispuestos dentro de armarios, para protegerlos de la vista de chismosos. Mi papá reza oraciones largas que ya se sabe de memoria. Mi mamá también reza oraciones que se sabe y repite, pero tiene otras, muchas, que copió a mano o imprimió de mensajes que le enviaron por WhatsApp. En las oraciones de mi papá y mi mamá, las de memoria o en las que se inventan, todos los días, siempre, aparecemos mis hermanos y yo. Ellos rezan para que nos vaya bien.
Yo rezo por ellos para que también les vaya bien, pero no sé si lo hago bien. No lo hago todos los días, porque se me olvida. Lo hago con mucho sentimiento cuando alguno tiene un achaque. Me cuesta no criticar las oraciones que también sé de memoria y repito. Eso me da algo de culpa: pedir favores y hablar mal de quien te los hace. Lo siento mucho (si es que acaso lees esto).
A veces dibujo mis plegarias. Este está hecho en cerámica, por ejemplo. Lo puse cerca de la imagen del santo, al que mis papás le rezan y al que yo también. Debían ser flores blancas, pero estas de colores quedaban más bonitas.

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